LA HISTORIA DE MI PARTO NATURAL SIN DOLOR…

El nacimiento de nuestros hijos, el acontecimiento más importante de nuestras vidas, debe ser fácil y recordado sin dolor. Para eso estamos hechas. Para traer a nuestros bebés de forma natural y disfrutar trayéndolos.

Una de nuestras seguidoras nos comparte desde el corazón la historia de su parto natural, un testimonio que nos llena de alegría, pero sobretodo que pretende compartir su experiencia positiva y poderosa…

“Me llamo Lorena y quisiera explicarles como fue mi parto natural sin dolor. Siempre quise ser mamá joven. Por fin tuve a mi bebé hace 3 meses a la edad de 23 años. Idealizaba un parto precioso, sin complicaciones y natural. Cuando digo natural me refiero a totalmente “natural”. Soy de las que piensan que tenerlo en casa, rodeada de los que te quieren como antaño, siempre es la mejor opción. Aunque no estoy en contra de los medios sanitarios. Siempre he sufrido obesidad. No importaba cuanta dieta hiciera, siempre engordaba, así que no era muy recomendado tenerlo en casa. Mucha gente, entre ellos, mi pareja y mis amigos, me consideraban loca por querer parir “a lo animal” en una bañera. Me decían que “las chicas gorditas no tenían partos fáciles”, que no podría, que habrían muchas complicaciones, etc., etc.,… Aún así, yo confiaba en mi misma. No escuché ni hice caso de toda aquella negatividad que me transmitían.

Para cuando nació Ryan, yo había engordado 7 kilos mas durante mi embarazo. Llegué a pesar los 92 kilos. Pero a pesar de mi constitución, siempre opté por un parto respetado y lo más natural posible. No tenía miedo de los dolores que se decían sentir en las contracciones, de hecho, algo me decía que, algo tan hermoso como parir, no debía de doler. Todos mis controles con mi matrona fueron correctos, el único inconveniente era mi obesidad. Aún así quería intentar que fuera lo mas natural posible, parir sin anestésicos, sin oxitocina artificial, libre de movimientos, sin manipulaciones. Guiada únicamente por mi voz y mi fuerza interior. Por precaución, busqué un hospital el cual se adaptase a mis deseos y a mi plan de nacimiento. Me decidí por el hospital de Germans Trías i Pujol de Can Ruti en Barcelona, el cual esta preparado de una sala para partos naturales. Estuve los 9 meses de embarazo empapándome viendo partos naturales en bañeras, en el bosque, en casa, cesáreas, partos podálicos, partos cefálicos, partos placenteros, partos muy sufridos, todo tipo de partos… Buscando remedios totalmente naturales e inofensivos para dilatar fácil. Informándome como nunca en las clases de preparto. Que si homeopatía para dilatar, que si té de hoja de frambueso para armonizar contracciones, que si masajes en el periné para prevenir la episiotomía… Las típicas cosas que toda embarazada curiosa busca. Compré mi té y mi homeopatía y desde la semana 35, empecé a tomarme mis chochos homeopáticos y mi taza de té, todos los días, tal como me explicaron. El masaje del periné lo realice únicamente 4 días… me cansé… realmente pensé: “Si mi cuerpo está diseñado para parir…, mi piel será capaz de estirarse sin problemas también”. Estaba convencidísima que con todo lo anterior, más mi positividad iba a ser suficiente para dilatar, acortar el trabajo de parto y parir sin problemas.

A cada parto que veía por YouTube se me saltaban las lágrimas. Yo quería parir así. No me importaba si dolía o no. Yo quería intentarlo. Entonces llegó el día: 7 días antes de la fecha prevista, un miércoles a las 6 de la tarde decidí salir con mi amiga a merendar como cada semana nuestros croissants de chocolate, ya que llevaba días muy cansada, queriendo sólo dormir y estaba agobiada. Total, que entre croissant y croissant empecé a notar contracciones. Nunca antes las había sentido así. Eran indoloras pero iban acompañadas de escalofríos. Era raro. No pasaron ni 15 minutos cuando tuve otra, con escalofríos, muchos escalofríos. Y pasados 15 minutos, otra. Empezamos a contar la duración entre contracción y contracción y la duración de las mismas. Todo era raro…, yo me sentía estupenda comiéndome mis croissants pero aquellas contracciones y aquellos escalofríos no cesaban. Cada 10 minutos aparecían y duraban 30 segundos. A las 8 de la tarde decidí irme a casa y ducharme, las contracciones ya eran cada 5 minutos. Yo respiraba como nos explicó la comadrona en las clases de preparto. Más que dolor, lo llamaría molestia.

Mi madre no paraba de decirme, “¡Esto no es nada, lo que te queda!”. Yo no hacía caso. Yo confiaba en mi. Finalmente a las 9 de la noche llamé a mi amiga Cristina para que pasase a buscarme e irnos camino al hospital. Ella no es doula ni tampoco es mamá. Pero la escogí a ella para que estuviera conmigo durante el trabajo de parto porque yo sabía que ella era la que más me iba a ayudar a relajarme y la que iba a apoyarme cuando yo decidiese lo que fuera en cada momento. En esos momentos no necesitaba a la voz de mami diciéndome “Lorena, no vas aguantar”, “Ponte epidural”, “Haz esto”, “Yo he parido dos veces y sé mas que tú”, “Hazme caso”… ¡No! En esos momentos sólo necesitaba que me dejasen parir como yo quisiera. Que sólo me apoyasen y que me transmitieran tranquilidad. Y esa persona era Cristina. En el camino al hospital, me puse a cuatro patas en los asientos de atrás…, ¡Si!, Fatal!, ¡Qué irresponsable!, ¡Podrían haberme multado!… pero es que las contracciones me impedían sentarme. Hay que decir, que molestaban un poquito cuando me sentaba o me tumbaba hacia arriba. De hecho yo tenía claro que quería parir a favor de la gravedad (de pie o a cuclillas) y así paliar el posible dolor, si existía.

Seguía tomándome mis bolitas de homeopatía, esta vez cada media hora y alternándolas como me dijeron. Las contracciones seguían siendo seguidas pero totalmente soportables. Tanto era así que mi amiga y yo estábamos riéndonos durante el viaje al hospital. Respirábamos juntas y nos reíamos juntas entre contracción y contracción. Llegué al hospital con contracciones cada 3 minutos y de duración de 20, 30 segundos cada una. Se sentían como un leve pinchazo de regla en los riñones. Del 1 al 10 les dije que molestaban un 1. Me hicieron tacto y me dieron la buena noticia que el parto había empezado. Estaba de 2 centímetros de dilatación. Me hicieron un trazo con el monitor fetal  y el bebé soportaba muy bien las contracciones. Me guiaban y me decían cuando sentiría la próxima contracción, y yo no sentía nada, yo no hacía más que reírme a carcajada limpia con mi amiga porque simplemente estaba de buen humor y quería disfrutar del momento. Al estar tumbada las siguientes contracciones no eran tan seguidas. Pero entonces si molestaban un pelín mas, pero no llegaba al 3 en la escala del dolor. ¡¡Yo estaba feliz!! Quería ver a mi bebé y que naciera cuanto antes. Me explicaron que debía de dolerme 9 veces mas, tanto, que ni siquiera podría articular palabra. Y que al ser primeriza, podría tardar hasta 10 horas más en dilatar el resto. ¿¿¿¡¡¡10 horas!!!??? La verdad es que por un momento me asusté. Y más, cuando escuchaba a una mujer que estaba igual que yo, empezando a dilatar y no paraba de gritar…

Aún así, yo seguí firme en la manera como quería parir. Les comenté que deseaba parto natural, y que quería disponer de bañera, me explicaron condiciones, posibles complicaciones y la manera en cómo actuarían. Acepté y me mandaron a casa. Debía apurar el máximo de tiempo en casa, tomar baños de agua caliente, comer y cuando fueran contracciones intermitentes cada minuto, de 1 minuto de duración, durante una hora, sin tiempo para descansar y realmente dolorosas entonces debía volver. Me extrañó que se debiera apurar tanto pero hice caso. Me aliviaba pensar que el hospital sólo quedaba a escasos 15 minutos de casa, así que nos volvimos. Me zampé un bocadillo de hamburguesa con queso ya que me dió muchísima hambre y fui a recostarme e intentar dormir. Sólo pasaron 2 horas y las contracciones eran cada minuto y eran de igual intensidad. Yo seguía esperando a que fueran realmente dolorosas. Pero en realidad es que la respiración me relajaba bastante, tanto, que podía cerrar los ojos entre contracción y contracción. Yo solo pensaba y visualizaba mi cuerpo abriéndose perfectamente en cada contracción para dejar paso a mi bebé. Entonces, de repente, en una de las contracciones, tuve las inmensas ganas de empujar. No podía controlarlo. Decidí levantarme, fui al baño pensando que quizás necesitaba hacer mis necesidades pero no pude. Me incorporé y sentí que realmente lo que estaba empujando era mi bebé y que iba a salir en cualquier momento. Mi madre me decía que eso no era posible. Que debía tener contracciones fuertes, gritar y retorcerme de dolor…, en cambio no fue así. Sentía como una ola de calor muy alta dentro de mi, acompañada de pujos involuntarios e indoloros, escalofríos y tiriteras. Me sentí realmente en un estado mamífero, animal…, conectada totalmente conmigo misma. No podía pensar en nada. Ni siquiera en mi, ni en el bebé. Estaba asombrada de esos pujos con tiriteras que estaba sintiendo. No me preocupé, simplemente dejé que mi cuerpo hiciera. Mi madre y su marido cogieron las cosas y fuimos hacia el coche. Pero entonces se me hacía imposible caminar. Debía pararme a cada minuto: en el portal, en el ascensor, en el coche… Eran sobre las 2:40 cuando mi madre me decía: “Lorena, por favor, sube al coche”. Yo estaba inmóvil, pendiente de la siguiente contracción. Sólo le decía: “Mamá, por favor, déjame hacer”. Yo solo quería estar de pie. Es que sabía que iba a salir allí mismo!!! Allí en medio de la carretera, frente al coche, esperando la siguiente contracción. Al terminar la contracción subí al coche. De la misma manera, a cuatro patas. Toqué mi entrepierna y allí estaba… La cabecita de mi bebe, húmeda, coronando. No podía creerlo… Yo estaba esperando contracciones dolorosas y allí estaba ya, con la cabecita asomando. Muchísimas emociones en ese instante. Nerviosa por no llegar al hospital. Feliz porque no me dolía y estaba disfrutando al máximo su nacimiento. Y miedo porque no quería parir en un coche en marcha por lo que pudiera pasar. Pero Ryan no esperó. Ante la misma puerta del hospital y ya no pude salir del coche. Sólo abrí la puerta y grité. No de dolor, solo quería que me escucharán que yo estaba allí pariendo y que no había nadie detrás conmigo para cogerlo. Entonces sentí por decimas de segundo eso a lo que llaman “el circulo de fuego”. Un leve escozor y tirantez en el periné. Eran las 2:55 cuando entonces, sin esperarlo, sentí como salió su cabecita. Rompí aguas en ese mismo momento y entonces salió resbalado el resto de su cuerpecito. Estaba colgando, no podía cogerlo. Me ayudaron a bajar mi pantalón y Ryan cayó en las manos de su abuela. Lo reclamé en seguida. Cuando lo escuché llorar por primera vez pensé: ¡Mi bebé respira!, ¡Mi bebé está vivo!

Me quitaron el pantalón, me senté, me pusieron una toalla entre las piernas mientras lo reclamaba: “Dámelo, dámelo”. Me lo entregaron. Yo no era consciente de cuanta gente estaba allí llamando a los enfermeros para que me atendieran. Yo sólo recuerdo que estaba tan feliz de ver por primera vez a mi chiquitín. Era un mulatito bien blanquito de piel, de ojos realmente grandes y boca morada. Tiritaba de frio y lloraba. Lo metí bajo mi camiseta y sólo podía llorar de alegría y emoción. Sólo podía decirle que lo quería, que ya estaba con mami. No podía parar de besarlo y él solo me miraba. Pasados 5 minutos llegaron y me atendieron allí mismo en el coche, la misma enfermera que 3 horas antes me dijo “Esto tardará”. Nadie podía creérselo. Corté el cordón cuando ya dejó de latir y se lo llevaron rápidamente hacia adentro. En quirófano me sacaron la placenta y me hicieron tacto para ver si existía algún desgarro. ¡Dios mío!, aquello si que dolió. No habían desgarros. Pesaron y midieron a mi príncipe: 2,850 kg y de 43 centímetros. “Esta muy bien el pequeñín” dijeron. Me lo entregaron rápidamente para realizar el piel con piel y solo 10 minutos después se enganchó al pecho dando sus primeras succiones.

Fue un parto rápido, fácil, precioso, completamente natural, sin dolor y mejor de lo que yo había idealizado. Dicen que fue rápido posiblemente por las bolitas homeopáticas y el té. Dicen que quizás no dolió porque rompí aguas justo cuando salió su cabecita y eso causó un parto fácil y húmedo. Dicen que fue porque era pequeñito. Pero también me dijeron anteriormente que no podría y que tendría muchísimas complicaciones. Así que yo creo que, lo que realmente pasó es que, creí firmemente que nosotras las mujeres estamos perfectamente creadas para parir. Y que ese acontecimiento, el más importante de nuestras vidas, debe ser fácil y recordado sin dolor. Para eso estamos hechas. Para traer a nuestros bebés de forma natural y disfrutar trayéndolos. Por eso quiero transmitir a todas las mamis con miedos, inseguridades, dudas y prejuicios, que no importa cuán estrechas seamos, cuán grandes o pequeños sean nuestros bebés, cuantos kilos de mas tengamos, ni cuanta preparación o ejercicios previos hagamos. Nuestro cuerpo es sabio y sabe perfectamente como traer al mundo a nuestros pequeñines. Así que fuera miedos. Dejemos a nuestro cuerpo hacer y deshacer como el necesite. Es ley de vida. Aunque finalmente no me dio tiempo a grabar absolutamente nada, pero llevo cada minuto grabado en mi mente y corazón. Y esa fue la mejor copia que pude hacer. Espero que hayáis disfrutado de leer mi experiencia tanto como cuando yo la viví. Abrazos cálidos de otra mami natural.”

Lorena GM

 

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