A estas alturas, y a pesar de tanta modernidad tecnológica -en forma de bandas anchas, smarpthones de diseño y clouds de todos los colores-, el teletrabajo sigue siendo escaso en las empresas españolas. Los últimos datos del INE dicen que sólo una cuarta parte de las compañías cuenta con algún empleado que desarrolla su labor desde casa, por un tercio de las europeas. La firma de colocación Adecco asegura que menos del 10% de las personas ocupadas en este país teletrabaja, sólo la mitad que en el continente.

En mi sector, el tecnológico, casi siempre son las grandes empresas, sobre todo multinacionales, las que facilitan el teletrabajo a sus empleados. Otro caso es el de los emprendedores que, por ahorrar en costes de oficina, se ven abocados a trabajar desde casa o desde un espacio de coworking. Sin embargo, en cientos de miles de pymes, que son la base del tejido empresarial local, el teletrabajo es inexistente o muy residual y se limita a las tardes que piden algunas madres con hijos.

Con el teletrabajo, el empleado gana. Un trabajador que se queda en casa evita atascos al ir y volver de la oficina y concilia mejor su vida profesional con la familiar. Pero las empresas también ganan. Según los estudios, alguien que voluntariamente opta por trabajar desde casa es un tipo más feliz y, por lo tanto, más productivo. Además, ¡echa más horas!, a pesar de no estar bajo la mirada del jefe. Y es que un suele empezar su jornada cuando sus compañeros dormitan en el metro o el autobús camino de la oficina, o se estresan por el tráfico lento en alguna autovía. Y, por la tarde, también suele estar disponible más tiempo, aunque con interrupciones. Pero la sociedad también gana, porque el teletrabajo ayuda a la conciliación y, en última instancia, a fomentar la natalidad, que en España anda por los suelos y pone en cuestión cualquier planteamiento de estado del bienestar futuro.

Un trabajador que dispone de su tiempo y que es capaz de llevar sin problemas al médico a un hijo enfermo siempre va a estar más agradecido y motivado que el que tiene que gestionar los imprevistos desde el sillón de la oficina y tiene que echar mano de abuelos y conocidos para sacar adelante la intendencia familiar.

 ¿Por qué no prolifera entonces el teletrabajo en España?
Aunque las cosas cambian lentamente, todavía prolifera el presencialismo en las oficinas españolas. La cultura del “calentar la silla” sigue vigente en muchas compañías. Y todavía se siguen marcando reuniones a horas demenciales. Y todavía no es bien mirado el que opta por abandonar unos minutos antes una estas reuniones crepusculares porque afuera tiene otras obligaciones o, simplemente, porque ha quedado para tomarse una caña.

También juega en contra la poca costumbre que tenemos en España de trabajar por objetivos. Es una situación que contrasta con la de países como Estados Unidos, donde hasta el último trabajador tiene en mente, de una u otra manera, las metas marcadas para su departamento o equipo.

La semana pasada, un afamado cocinero catalán con varias estrellas Michelín  contaba cómo habían cambiado las cosas en uno de sus restaurantes desde que los camareros y el personal de cocina podían ver, en una hoja colgada en el tablón, el grado de consecución del presupuesto semanal. Saber adónde hay que llegar y cuánto queda en cada momento mejora la implicación de los trabajadores. Sin embargo, en España estas prácticas se siguen levantando suspicacias o escepticismo.

Muchos gerentes se escudan en decir que no disponen de herramientas para evaluar los beneficios que tendría mandar a casa a parte de la plantilla. También dicen algunos que en muchos casos hay limitaciones tecnológicas. Pero yo creo que, en el fondo, el principal obstáculo del teletrabajo es la desconfianza. Tengo la impresión de que, en realidad, muchos empresarios y jefes no se fían de un subordinado que no tienen a la vista. Y eso a pesar de que, como decía más arriba, las ventajas del teletrabajo para unos y otros, y para un país con un futuro incierto por la baja natalidad, son claras. Como decía Antonio Muñoz Molina hace poco, “en España nos ufanamos de la fuerza de nuestros lazos familiares, pero en casi ningún otro país hay tanta desconfianza hacia los otros, los no conocidos”.

Fuente: 

www.babyessentials.es

www.fundacionconcilia.org